Hay momentos en la vida que nos marcan un antes y un después; momentos donde el tiempo parece detenerse y solo nos queda la fe. Esta semana, mi corazón rebosa de una gratitud que las palabras apenas alcanzan a describir: celebramos los 84 años de vida de mi padre.
Celebrar un cumpleaños más es siempre una bendición, pero este año tiene un sabor a victoria, a regalo divino y a milagro concedido.
El silencio que se convirtió en fortaleza
Hace poco, la vida nos puso a prueba. Lo vimos casi partir, y en medio de ese silencio y ese temor profundo, nuestra familia se unió en un solo abrazo de fe. Fueron días difíciles, de esos que te recuerdan lo frágiles que somos, pero también de lo inquebrantable que es el amor cuando se convierte en sostén.

Hoy, tenerlo sentado a nuestra mesa, es la prueba de que los milagros existen. Mi padre, personaje icónico que el que lo conoce lo sabe, un hombre de una fuerza admirable y una trascendencia que ha marcado a generaciones, nos ha dado la lección más grande de todas: la voluntad de vivir.
Un legado que trasciende
De él aprendí el valor de la palabra, la importancia de la integridad y esa chispa de alegría que no se apaga ni en los momentos más oscuros. Verlo hoy, con 84 años, es ver un árbol frondoso que, a pesar de las tormentas, sigue dándonos sabiduría.
Su presencia nos recuerda que lo único que realmente importa al final del camino es el amor que sembramos y la paz con la que abrazamos a los nuestros.
Mi oración de gratitud
No solo celebramos un año más en su calendario, celebramos la oportunidad de seguir teniendolo, creando memorias y de decirle, una vez más, cuánto lo amamos.
Gracias, Dios, por permitirnos tenerlo aquí. Por convertir nuestra angustia en este gozo inmenso. Gracias por regalarme el honor de ser su hija y por permitir que nuestra familia siga disfrutando de su vida.
¡Felices 84 años, Papá! Que tu fuerza siga siendo nuestro norte.
Con todo mi amor, tu hija Altagracia.
