Ordenamiento Territorial: ¿Una visión de futuro o una oportunidad que aún requiere mayor consenso?

El ordenamiento territorial no debería verse únicamente como un instrumento técnico ni como un requisito administrativo. Es, en esencia, el contrato social que define cómo crecerá un país, quién se beneficiará de ese crecimiento y bajo qué principios se administrará uno de los recursos más valiosos de una nación: su territorio.

La reciente reunión entre el Viceministerio de Ordenamiento Territorial y el Banco Mundial, orientada a fortalecer la resiliencia de la República Dominicana mediante la elaboración de una cartografía base de alta precisión, representa un paso importante. Contar con información geoespacial actualizada permitirá identificar zonas vulnerables, mejorar la planificación de infraestructuras y reducir riesgos frente al cambio climático y los desastres naturales.

Desde esa perspectiva, la iniciativa es técnicamente acertada. Un país que aspira a un desarrollo sostenible necesita tomar decisiones basadas en evidencia y no en improvisaciones.

Sin embargo, un buen mapa no garantiza, por sí solo, un buen ordenamiento.

El verdadero desafío comienza cuando esa información técnica se transforma en políticas públicas capaces de equilibrar intereses económicos, sociales y ambientales. Ahí es donde el debate debe profundizarse.

La participación del Banco Mundial aporta financiamiento, metodologías internacionales y fortalecimiento institucional. No obstante, las decisiones sobre el uso del suelo siguen siendo responsabilidad exclusiva del Estado dominicano. La planificación debe responder a la realidad nacional y no convertirse en la simple reproducción de modelos diseñados para contextos diferentes.

Uno de los aspectos que merece mayor atención es la gobernanza del proceso. Un plan de ordenamiento territorial solo tendrá legitimidad si incorpora de manera efectiva a los gobiernos locales, las comunidades, el sector empresarial, la academia y los gremios profesionales. La construcción del territorio no puede realizarse únicamente desde los escritorios de la administración pública.

Existe también un reto relacionado con la seguridad jurídica. La inversión necesita reglas claras, estables y previsibles. Si las normas cambian constantemente o se aplican de manera desigual, el ordenamiento deja de ser una herramienta de desarrollo y se convierte en un factor de incertidumbre.

Otro elemento que aún parece insuficientemente desarrollado es el equilibrio entre desarrollo económico y bienestar social. En regiones como Punta Cana–Bávaro–Verón, donde el turismo y la inversión inmobiliaria impulsan gran parte de la economía, el ordenamiento territorial debe garantizar que el crecimiento no excluya a las comunidades que sostienen ese desarrollo. Infraestructura, vivienda, movilidad, servicios públicos y protección ambiental deben avanzar de manera integrada.

Finalmente, la cartografía base que actualmente se está levantando será una herramienta extraordinaria. Pero su verdadero valor dependerá de cómo se utilice. Los datos no toman decisiones; las personas sí. Y esas decisiones deben estar guiadas por principios de equidad, transparencia y visión de largo plazo.

La reflexión

El ordenamiento territorial no debería preguntarse únicamente cómo queremos que crezcan nuestras ciudades, sino para quién queremos que crezcan.

Porque un territorio bien planificado no es aquel donde solo prosperan las inversiones, sino aquel donde también prosperan las personas.

Ese será, en última instancia, el verdadero indicador del éxito de cualquier política de ordenamiento territorial.

Por Altagracia Poueriet

-Servidora social

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